En Efectos secundarios
podemos ver otra macrotemática que forma parte de las temáticas de Kafka, que es el conflicto generacional. Su contraste
con la madre debe su origen a la diferencia de concepción en el papel de la
mujer. Por una parte, según la madre, hay el modelo de mujer casada, que encaja
perfectamente en las expectativas de la sociedad gracias a su boda. En su mente está muy bien aclarada la diferencia de papeles en la sociedad entre hombre y mujeres y las expectativas hacia cada uno. Por otro
lado, tenemos una nueva concepción: la de la mujer libre de toda forma de
"esclavismo social", que puede incluso amar más los libros que a los
hombres:
Mientras devoraba los
bocadillos, parecía escuchar su [de la madre] voz: Mira tu desaliño.
Mírate, de verdad. No puedes seguir así: gorda. Sola. Mi madre confundiendo mi
identidad. Una identidad que me costó tanto construir y a la que llegué gracias
a los libros. ¿Por qué no te has casado? ¿Por qué no te has casado, a tu edad?
¿Por qué no se casaron Kafka o Flaubert? ¿Por qué no se casó Oscar Wilde? ¿Los
hermanos Grimm? ¿Shakespeare? ¿Gógol? Porque ellos eran hombres,
respondía con tranquilidad. No me comprendía.
Todo lo que dijera acabaría chocando con la multiplicidad de razones que
ella impondría a mi razón, así que debía conformarme con aceptar la más bárbara
e instintiva de las razones que ella solía darme: porque soy un mal partido. ¡Y
eso te hace feliz!, respondía ella, indignada, al ver que aceptaba con
gusto su diagnóstico. Dime, ¿te hace sentir feliz? ¿Eso te hace sentir
plena?
No es que Orlando sólo no encaja en el papel femenino, sino que tampoco
encaja en la heteronormatividad de la visión materna, en parte porque Orlando
nació como hombre, en parte porque realmente no le importa nada del amor hacia
las personas en general: él/ella ama los libros.
Qué la hacía pensar que yo era la hija que ella siempre deseó tener. Nada
podía probarlo. Y menos que nada, la lectura. Al leer el Quijote, yo era el
caballero de la triste figura y no Dulcinea del Toboso; en las Cantigas o en la
poesía mística y erótica nunca fui la Virgen parada en su media luna. Era
Leopold Bloom, Gregor Samsa, Jekyll y Mr. Hyde y aun Raskólnikov… ¡No, no y
no!, gritaba ella, enfurecida. Lee Mujercitas. Lee Jane Eyre. Te compro una
Barbie. Qué sería de mí, en su versión de lo que yo era. Eso es lo que le
preocupaba. Y la respuesta, no obstante, era tan simple: lo que soy. Habría que
haber hecho un cálculo más, simplemente, una resta. El mundo sin ella.
De verdad, es una escena bastante surrealista, dado que, siendo su madre,
debería saber el sexo biológico con el que Orlando nació. Pero aquí parece
ignorarse este "detalle".
Aquí entonces se plantea otra opción sobre la posible identidad del
narrador: podría ser que el entero cuento es un desahogo de la autora, lo que
haría el pasaje del discurso con la madre mucho más realístico, con cierto
sentido. De hecho, en una entrevista que le hicieron, ella misma admite que el
libro contiene muchos elementos autobiográficos, como por ejemplo la periodista
inicial que hace una pregunta que nada tiene que ver con el libro que se está presentando.
Sin embargo, sigue habiendo segmentos de texto en los
que no es posible comprender quién verdaderamente está hablando:
Me di cuenta del fervor con
que había dicho esto, así que, de golpe, guardé silencio. Mi madre me miró,
arrobada. Qué gran alivio me das, dijo. Hablas como una mujer enamorada.
Extendió un brazo y yo tomé, no sé por qué, su mano. Entonces se levantó de la
mesa y sin decir más se puso a recoger los platos. Mentiría si dijera que me
alegré. Me sentía culpable, falsa; sentía la necesidad de cambiar la impresión
equívoca que había dejado en mi madre y que a partir de ese día me propuse no
volver a dejar en ninguno. Pero ella, ajena a esto, se había ido a la cocina y
ahora canturreaba. Desde mi lugar la oí lavar platos, mover trastes, abrir el
bote de la basura para echar las sobras de la merienda. ¿Cómo se llama, eh?, me
gritó desde ahí. ¿Cómo se llama quién? Y entonces, a través del hueco entre la
estancia y la cocina, la vi tomar algo de mi plato y desdoblar con sigilo la
servilleta en la que me había visto escribir algo. Un nombre. Un nombre que la
hizo sonreír. Orlando.
En la parte final, los dos
narradores son posibles: puede ser Rosa Beltrán, enamorada de la literatura y
de Virginia Woolf, o puede ser la misma Orlando, que se quiere a sí misma antes
que a alguien más.
Sigue la dicotomía entre pasado y
presente, entre vieja concepción del lugar apto a la mujer (la madre no deja
nunca la cocina, donde las clásicas tareas de recolectar platos sucios y fregarlos)
y la nueva concepción del narrador, que se ve libre y en búsqueda de la
felicidad para ella.
De cualquier forma, el tema de la
divergencia de opiniones sigue marcando tanto la vida del narrador (quienquiera
que sea) como la de la sociedad actual. Además,
desde otra perspectiva, se podría ver como una evolución del pensamiento
feminista, que muestra cómo éste se ha un poco desarrollado a lo largo de los
últimos dos siglos.
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