jueves, 28 de abril de 2016

El componente wildiano: diversidad y poética de la mentira


Hemos llegado al último de los temas de la novela, el que en cierta medida acomuna a los tres personajes de la portada de 451 Editores.

Hasta ahora no hemos hablado de Oscar Wilde, citado en el libro por su "poética de la mentira", por así decirlo. ¿En qué consiste esta poética de la mentira? Pues, para entenderlo hay que inmedesimarse en la situación de Wilde, en su época. En el siglo pasado, los movimientos predominantes eran los del Decadentismo y del Esticismo.

Con el primero, se empezó a observar la vida, la sociedad y la realidad entera con ojos negativos, pesimísticos, peligrosos y cercanos a la muerte. Desde aquí nació una corriente de este pensamiento llamada esteticista, que pretendía buscar de nuevo la Belleza. ¿Pero dónde? Si la sociedad estaba decadendo, si tanto la vida humana como la naturaleza cedían siempre el paso a la muerte, ¿dónde podía estar la Belleza si no en algo que no era vivo, en algo que no caduca como el arte? La Belleza es arte, y el arte es artificial y eterna. Es necesario fingir la Belleza porque ésta en la naturaleza no se puede encontrar. Para esto sirve la literatura: para crear la Belleza. De manera que sí: la literatura es una mentira, la única mentira gracias a la cual se puede huir la decadencia de la realidad.

Rosa Beltrán y el narrador Orlando se hunden en la literatura para poder distanciarse de una realidad que nada bello tiene:

Oscar Wilde, en cambio, mentía. A fin de hacerlo mejor, salía al campo y se ponía a ver las imperfecciones del paisaje. Lo que estaba muy bien. Lo que era en realidad una suerte. Ver los defectos del paisaje era su forma de ardida protesta, su valerosa tentativa de enseñarle a la naturaleza el puesto que le correspondía. Ahí, abajo. Muy por debajo   del arte. Veía al cielo y decía: “Nubes, nubes, todas distintas nubes”. Era una forma de ceguera cultivada eso de decir que eran distintas. Era la necesidad de ver la “variedad” de la naturaleza. De inventarse que había un misterio ahí. Un propósito. Que en realidad no encontraba. Igual que yo. Salvo que lo que yo veía eran los mismos espectaculares, pidiendo el rescate de un desaparecido y ofreciendo dinero de una mujer que había mandado poner el mensaje. Grafiti y alambrados de púas; calles cerradas por rejas de metal; jóvenes con ojos desorbitados y rojos; muchachos amenazantes sobre los parabrisas como sonámbulos del crack y los inhalantes. Un mundo que no me aceptaba como lo que era, un simple lector; un hábitat que me repelería a menos que acabara fundiéndome y convirtiéndome en una de sus criaturas.

Por esta razón el poeta (el esteta, el dandy) necesitaba distanciarse de la sociedad. El poeta necesitaba la diversidad. Pero la diversidad presume siempre otra cara. La diversidad presume siempre rechazo por parte de la sociedad, porque a la masa no le gusta que se le diga que no es lo suficientemente "apta" para algo (como por ejemplo la literatura). A esto, se añade el hecho de que Oscar Wilde era homosexual, cosa que no podía seguramente gustar a la sociedad estrictamente anglicana de la época victoriana. Una mezcla que, una vez salida a la luz su historia con el hijo del Conde de Douglas, le fue fatal y que pagó con la cárcel.

Volviendo al tema de la mentira, éste se puede ver reflejado, como ya hemos visto, en los libros que las editoriales le mandan a Orlando para presentar y que llevan todos el mismo cintillo: "El libro más leído del año". Son todos libros de autoayuda en los cuales se pinta una realidad que no es la verdadera realidad. Pretenden convencer al lector de lo bonito que puede ser la vida; pero eso es claramente toda una mentira. Hasta se llega a ver un complote detrás de los cintillos de los libros, un acuerdo entre las editoriales y el malavida organizada (no sin cierta complicidad del estado), cuyo único objetivo es ocultar los crimenes que se cumplen en el país:

Metido entre las sábanas pensé que, si podía explicar el sistema en que se basaban los mensajes en los libros, la demostración de que no eran falsos, sino que hablaban de la falsedad a gritos, saldría a la luz por sí sola. Se vería de inmediato la complicidad entre editores, mandatarios y asesinos. Pensé que sólo así se descubriría el fraude. Que habría una verdad que explicaría lo que parecía inexplicable: la aparición de un cuarto, un quinto, un décimo libro con el mismo cintillo impreso. Lo mismo que la aparición de otro par de cabezas, de cinco cuerpos más, de otra manta en una ciudad cerca de la capital y un mensaje en internet que provoca un toque de queda. Y de una mujer asesinada de un tiro en la cabeza ante las cámaras de seguridad del Palacio de Gobierno de un estado, por haber descubierto al que descuartizó a su hija y fue absuelto por la propia ley a causa de unas cuantas palabras, que llamaron “un tecnicismo”. Palabras que ocultan cabezas...

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