Si, como hemos dicho en la
entrada anterior, el estilo de Rosa Beltrán no se puede caracterizar por ser
mujer, entonces ¿por qué se caracteriza?
Sin duda alguna, lo primero que
destaca de su obra es la influencia que ejercen sus estudios de literatura (estudió
literatura hispánica en México y literatura comparada en Estados Unidos). Efectos
secundarios es una cita continua a las obras de Franz Kafka, Virginia Woolf
y Oscar Wilde, entre otros.
Toda la vida de la autora tiene
influencia en sus escritos, pero esto no es seguramente un trato característico
de ella, sino de todo escritor, contemporáneo o pasado, hombre o mujer, hetero
o homosexual, europeo, amerindio, asiático o africano: la escritura es siempre
un trabajo de ordenación de todas las experiencias vividas y esto no sufre
ninguna influencia por el hecho de ser hombre o mujer. Por mucho que un
escritor intente realizar una obra objetiva, la escritura sigue siendo un
proceso creativo de desahogo personal.
A seguir dejamos lo que dice Rosa
Beltrán acerca de su poética:
¿Por qué sufrimos tanto? A
veces me lo pregunto. Y encuentro la respuesta en una obra a la que suelo
acudir. Para la Odisea, el fin de las penalidades humanas es convertirse en
libro. Es un pensamiento consolador, aunque falso. Sobre todo, para quienes no
escriben. Que son la mayoría. ¿Cuál es el sentido de sus penas, además de estar
condenados a llevarlas a cuestas? Para desahogarlas un poco, yo escribo. Aunque
no estoy segura de que sea por esa razón. Simplemente lo hago. Tengo un ritual.
Tengo muchos, en realidad. Pensar que la ceremonia que precede al acto de
escribir sea un hecho dilatorio es injusto. Que sea un acto maniaco en cambio
lo acepto. Estoy llena de manías. Esa es mi mayor penalidad. Mejor dicho: es mi
esencia. Mis manías soy yo. Mi escritura en cambio pertenece al azar. Y a leyes
insospechadas: a otros. En la era de las identidades mutables, mis manías se
ven obligadas a transmutar. Y a permanecer ocultas, habitando esa vida paralela
que no muestro. Gracias a ellas, puedo ser una persona convencional. Una mujer
de tantas, diríamos. Toda mi excentricidad se la dejo a ese acto propiciatorio
que es muchos preámbulos, todos distintos y tendientes a un fin común. Ahí es
donde se realiza lo que soy o lo que querría ser o lo que a veces me veo
obligada a ser, aunque no quiera. No es algo que pueda definir de una vez.
Porque cambia, como un virus mutante, todo el tiempo. Pongo un ejemplo. Aunque
¿tiene algún sentido ponerlo? La sola muestra no es más que una ilustración
momentánea: ya he dicho que la esencia del ritual es ser impredecible y
cambiante, aunque sin él no haya posibilidad de poner negro sobre blanco. Algo
hay que aclarar, eso sí. El ceremonial determina la obra. Me gustaría que no
fuera así pero no hay mucho que se pueda hacer. Por algo una manía es una
manía. Sin contar, desde luego, la de echar un vistazo en las manías de otros.
Que según he podido constatar, son de tres tipos. Las mías, que dependen del
momento en que esté, se sitúan en algún anaquel de esa tríada. En primer lugar
está el mundo de los demasiado limpios. Thomas Mann en su estudio se enjuaga
las manos en agua de violetas, continuamente. Borges medita en la bañera para
decidir si lo que ha soñado le servirá o no para una historia o un poema. En
ambos autores se ve reflejado este “higienismo”. Impecable, intachable, son
adjetivos que la crítica suele usar cuando los cita. Segundo: los rituales
opuestos, de lo bajo y lo sucio. Cioran en un cuarto por días enteros, aislado
de la humanidad y del sueño o Clarice Lispector rodeada de gatos en medio de un
caos doméstico. Tercero: los actos absurdos como escribir sólo de pie y sólo
con lápices del dos afilados por uno mismo; hacerlo sólo después de desayunar
filete en salsa Wellington ¡a media noche! (como observó Ibargüengoitia de
alguien más); pretextar un viaje para escribir sólo en un avión, etcétera. A
este rubro pertenecen, a mi juicio, quienes escriben “sólo de mañana” o “sólo
tres horas diarias” o “sólo después de dar un paseo, por la colonia Escandón,
de noche”. De más está decir que me gustaría escribir El Aleph, La montaña
mágica, Álbum de familia, Metamorfosis o Madame Bovary. Nótese que dije “me
gustaría escribir” y no “me gustaría haber escrito”. Porque albergo la
esperanza de hacerlo, por eso me aplico. Sé que estoy a tiempo de escribir la
próxima obra de Homero, de Cioran, de Carson Mc Cullers. No ignoro que el hecho
de ponerme albornoz, enjuagarme con agua de violetas o escribir junto al gato
no me garantiza llevar a cabo mi propósito. Es decir, sé que haber rastreado el
ritual no implica que pueda imitarlo siquiera. Las manías son propias, son
impredecibles y lo más importante: son secretas.
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